Maní: punto de encuentro (II)

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La arquitectura colonial es un rasgo predominante en casi todas las comunidades del interior del estado. La mayoría de los municipios son asentamientos originales de comunidades mayas, por ello no es tan extraño encontrar en los alrededores vestigios arqueológicos de centros ceremoniales, lugares que concentraban a cientos, quizás algunos cuantos miles de habitantes y peregrinos de otras ciudades para realizar sus fiestas religiosas, sacrificios y hasta intercambios comerciales. Maní no es la excepción.

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La provincia de Maní era gobernada por la casta de los Tutul Xiu, uno de los clanes que predominó la región hasta la llegada de los españoles con quienes se aliaron para vencer a sus enemigos, el clan de los Cocom, pero cuya alianza significaría también una derrota no solo para los Xiu sino también para los mayas de la Península. Para acabar con los antiguos ritos idólatras, la ciudad se fundó sobre los basamentos mayas empleando todo el material disponible para las iglesias y capillas, las casas de los españoles y las edificaciones de las autoridades. Hoy se puede apreciar, en la explanada que domina el atrio principal del convento, lo que fue la base de la pirámide ceremonial de los mayas que habitaron esta región. La misma suerte corrió la antigua ciudad de T’Ho, hoy capital del estado, Mérida, y que el mismo Landa contempló todavía antes que desapareciera para dar paso a los edificios que hoy conforman el centro histórico: la Catedral, el Ayuntamiento, la Casa de los Montejo y muchos edificios aún en pie.

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Los españoles esperaban encontrar en la región abundante riqueza; Landa refiere en su Relación de las cosas de Yucatán la ruta que siguieron en búsqueda del oro; solo así llegó hasta Tenochtitlán Hernán Cortés. Pero en la región maya no hay minas de oro ni plata, solo laja dura que sirvió para levantar pirámides. Mucho se maravillaba Landa al ver que los grandes castillos ceremoniales y edificios religiosos construidos por los antiguos mayas fueron labrados sin herramientas sofisticadas y a la falta de acero y metales duros. Las iglesias que existen en Yucatán son en su mayoría sencillas, sin tanta ornamentación como el estilo churrigueresco o el plateresco, ya que fueron construidas en los primeros años de la colonia. El convento franciscano dedicado San Martín Arcángel, refleja también la austeridad de esta orden religiosa, aunque su mayor esfuerzo de evangelización se centraba a través del trabajo.

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Los retablos de madera son riquísimos en detalles, finamente tallados y con expresiones de fe que siguen reflejando ese misticismo que tanto combatió Landa.

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Las manos de los antiguos artesanos mayas se refleja en cada detalle de este convento. Basta mirar en los rincones de la nave principal para admirar todavía obras que han perdurado más de cien años. Las figuras religiosas han sobrevivido al paso del tiempo después de incontables peregrinaciones, a la Guerra cristera, sublevaciones y otros tantos hechos que convulsionaron a la región.

Maní ha estado en el foco de atención de autoridades estatales, federales y organizaciones internacionales que buscan preservar el patrimonio histórico de diversas regiones. En ese esfuerzo, las antiguas obras talladas en madera han recobrado parte de su esplendor y muchas pinturas plasmadas directamente en los muros de estos edificios han sido rescatados antes de perderse para siempre.

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Un detalle característico de este convento es la capilla abierta, ubicada a un costado de la nave principal. Al leer la Relación de Landa, se puede entender que los ritos ceremoniales que celebraban con frecuencia los antiguos mayas aglutinaban a una multitud de creyentes. Siguiendo esta tradición, los religiosos diseñaron estas capillas para celebrar las misas al aire libre, concentrando en la explanada a la misma multitud que anteriormente se concentraba al pie de los edificios de sacrificios ceremoniales.

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A escasos 5 minutos de distancia se encuentra la pequeña población de Tipikal, comisaría perteneciente a este municipio. Aquí se puede apreciar la iglesia de Santa María Magdalena, ya restaurada por el Inah, que es mucho más sobria que el convento pero que tiene una riqueza singular: sus retablos coloridos tallados en madera.

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Al igual que el convento, esta solitaria iglesia resalta por sus detalles sencillos en su interior; los colores vivos recuerdan aquellas tinturas naturales empleadas por los mayas en sus edificios, su cerámica, murales, códices y vestimenta.

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Lamentablemente pocos se desvían a esta comunidad, ya que no existen indicativos que orienten al visitante improvisado a entrar por unos cuantos minutos para recorrer esta comunidad. Sin más atractivo que la iglesia y sin más promoción evidente, sería buena idea que se implementara una infraestructura turística como recorridos en bicicleta para involucrar más a la comunidad de un aletargamiento que pareciera tenerlos encerrados en una cápsula de tiempo.

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Si bien la arquitectura colonial reflejada a través de las obras religiosas es un buen incentivo para alejarse de la ciudad por unas cuantas horas, aún falta la recompensa a una escapada que bien vale la pena poner en la agenda de visitas mensuales al interior del estado; y todavía quienes nos visitan de Campeche y Quintana Roo, bien podrían ir trazando una ruta que incluya Maní como destino final. Y menciono como destino final, porque la sabrosa recompensa después de caminar por los alrededores habrá valido la pena para regresar satisfechos y contentos.

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