Maní: punto de encuentro (I)

En 1549 arribó a Yucatán un personaje polémico cuyas acciones llevarían a la pérdida irreparable del legado milenario de la cultura maya. Pero este personaje, además de llevar a cabo acciones destinadas a borrar las prácticas culturales que eran totalmente contrarias a la cultura española, contribuyó a rescatar la memoria histórica de este pueblo a través de un legado que pudo haberse perdido para siempre, su Relación de las cosas de Yucatán. Fray Diego de Landa, sacerdote franciscano, llegó a Yucatán como miembro de la misión organizada por fray Nicolás de Albalate, y tuvo por misión convencer a los indígenas dispersos en la selva yucateca a regresar a las nacientes poblaciones españolas para trabajar en las obras que se realizaban, ya que los españoles no contaban con mano de obra inmediata y dado que los explotaban sin mucho miramiento, los mayas escapaban a las selvas dejando a su suerte a los colonos.

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La historia no es tan sencilla de contar ya que existían también muchos intereses económicos y políticos: por un lado, los colonos recaudaban muchos recursos que no eran entregados a la corona, y por otro, la Iglesia tenía un fuerte poder de convencimiento para regresar a los indígenas a los poblados, pero la educación que recibían por parte de los religiosos y al estar bajo su custodia, se creaban conflictos entre los ricos terratenientes españoles que requerían de mano de obra barata e ignorante de las reglas que los gobernaban, y los sacerdotes que los retenían y les enseñaban las leyes de un mundo que los gobernaba.

Fray Diego de Landa llegó, al igual que muchos sacerdotes, con la intención de evangelizar a los nuevos ciudadanos de la nación española, pero tenía también el reto de luchar contra las ancestrales tradiciones que se negaban a abandonar los indígenas. Muchas persecuciones realizó en contra de los sacerdotes y brujos mayas, impuso castigos implacables a quienes realizaban ceremonias religiosas y realizó actos públicos de quema de ídolos y códices o cuanto afiche era encontrado en poder de los indígenas.

Fue así que, en su imparable ascenso y acaparamiento de poder religioso, fray Diego de Landa cometió toda suerte de acciones que sirvieran para evangelizar a los mayas, como el famoso y tristemente célebre auto de fe de Maní, en el que se llevó a cabo la quema de ídolos en 1562 y que puso en el escenario histórico a este pequeño pueblo.

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La riqueza histórica de Maní hay que escarbarla en sus alrededores, ya que no hay un museo que resuma en objetos milenarios la historia del lugar, y tampoco hay placas informativas que lleven al visitante ocasional a los sitios de interés. Básicamente, en Maní hay 4 razones por las cuales vale la pena conducir 100 kilómetros desde Mérida: su arquitectura religiosa presente en el convento de San Miguel de Arcángel, las capillas originales distribuidas en los barrios de la ciudad y la iglesia Santa María Magdalena, ubicada en Tipikal; el cenote X’Cabachén; la gastronomía, y los ricos, coloridos hipiles bordados a mano.

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