Cuzamá: naturaleza e historia (II)

El municipio de Cuzamá tiene 3 comisarías, es decir, comunidades pequeñas que están bajo su jurisdicción. Años atrás eran haciendas dedicadas a la transformación de la planta de henequén en fibras naturales. Con el tiempo, las haciendas fueron abandonadas o bien, la industria del henequén declinó hasta casi desaparecer después de ser el motor del despegue económico de Yucatán en los dos siglos pasados; si bien el henequén se trabajaba desde la colonia, no se explotaba a escala industrial hasta la llegada de las máquinas a vapor y después máquinas eléctricas y diesel.

Para llegar a Cuzamá se debe tomar la carretera federal Mérida – Cancún, saliendo por el periférico de la ciudad hasta llegar a la desviación de la carretera Mérida – Chetumal. Esta carretera también lleva a la ruta Puuc. Hay que estar atentos a la entrada de Acanceh, ya que hay que atravesar el pueblo para salir a la carretera estatal que llevará a Cuzamá y no hay muchas indicaciones que orienten oportunamente por dónde seguir. Si uno se pierde, hay que acudir a esa habilidad social que a veces cuesta trabajo practicar: preguntar a los habitantes. En algunos casos no hay señal, así que tampoco hay que esperar que el GPS lleve directo.

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La primera comisaría a la que uno va a entrar es la de Eknakán y podrán estar seguros de ir por el buen camino al destacar su peculiar iglesia “tipo gótico”. Aunque no es la única de su tipo en Yucatán, es un caso interesante ya que está fuera de los cánones arquitectónicos de la región. La iglesia de san José de la Montaña tampoco corresponde al periodo gótico, ya que aparentemente se construyó a finales de 1800 en los terrenos de la hacienda Eknakán, misma que le dio nombre a la comunidad.

Esta iglesia permanece la mayor parte del tiempo cerrada y las misas se ofician los sábados; sin embargo, se abre los domingos entre las 10:00 am y el medio día para las pláticas bautismales o alguna actividad religiosa. Gracias a la amabilidad de su capellán y cuidador, el señor Bartolo Uc Ye, tuve la oportunidad de escudriñar en algunos rincones que por lo regular están accesibles únicamente para los colaboradores cercanos a la autoridad religiosa.

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Si bien su fachada exterior invita a maravillarse de su interior, sorprende ver que éste es austero, una iglesia sencilla sin mayor ornamentación que un altar de madera con su santo patrono en su nicho y la virgen a un costado. Podemos echar a volar la imaginación o bien, acudir a la fiesta patronal que se organiza del 3 al 19 de marzo de cada año para ver que la iglesia cobre vida ya que entonces se llena de gente, cantos, incienso, banderines de colores y los voladores anunciando la fiesta del pueblo. Pero el resto del año la iglesia permanece austera y sencilla.

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Don Bartolo me permitió subir por la escalera de caracol que lleva al coro, un espacio amplio que permite observar el interior de la iglesia iluminada por sus altos y delgados ventanales. Este coro no se emplea para acomodar a sus niños cantores, tal como se acostumbraba años atrás, es apenas una bodega que revela el paso del tiempo al observar sus paredes dañadas y las ventanas de madera podridas algunas, y otras tapadas con tablones para evitar que entren murciélagos o palomas.

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Siguiendo el ascenso llegamos al campanario, ese lugar donde se genera el tañir de las campanas que llaman a misa. Desde ahí se puede observar el pueblo de tal forma que uno casi podría tocar las casas con extender las manos. No recomendamos hacer esto, ya que la altura es de más de 15 metros y constantemente da vértigo el solo ver la copa de los árboles a casi la misma altura de donde uno se encuentra. A eso hay que sumarle las fuertes ráfagas de viento. Si bien el día estuvo soleado, la brisa que soplaba era ligeramente fuerte. Entonces pensé que los vientos del huracán Isidoro definitivamente tuvieron la fuerza para desprender la enorme cruz de acero que se erguía en la punta más alta de la iglesia. Don Bartolo me comenta que tuvieron que emplear un helicóptero para retirar la cruz, ya que quedó colgada y no llegaba la escalera de los bomberos para desprenderla.

Las viejas campanas ahora reposan en su jubilación; la más antigua, arrinconada y silenciosa, muestra en sus bordes el paso del tiempo. Una de las cruces exteriores, sobreviviente al vendaval de aquel Isidoro, no solo muestra los estragos inevitables del tiempo, sino que da idea de la cruz original que estaba situada en la punta del pico más elevado de esta iglesia.

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Ya de bajada, se puede observar la sala donde se encuentra el mecanismo del centenario reloj, detenido por última vez a las 6:40; dejamos a la imaginación si fue en la mañana o en la tarde. Y qué día de hace cuántos años…

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La hacienda de Eknakán era el sustento económico de la población. No hay habitante que no tenga relación con su actividad preponderante. El mismo don Bartolo comenta que fue fogonero en una de las calderas y su bisabuelo también cumplía labores en la dura raspa del henequén. Hasta antes del huracán Isidoro, la hacienda, entonces propiedad de Ernesto Molina -o al menos hasta donde recuerda don Bartolo-, permanecía en actividad. Pero Isidoro trastornó la vida económica de la región y esta hacienda fue una de las afectadas. El henequén ya no era el motor de la economía yucateca pero existían haciendas que mantenían su producción. Fue en 2002 cuando Isidoro vino a dar la estocada final. Entonces la hacienda se abandonó.

Por todo el pueblo hay evidencia de la extensión de esta hacienda. La escuela primaria recibió una parte y tiene uno de los accesos a lo que alguna vez fue una parcela. En otro lugar hay un pozo ya clausurado y cerca de la iglesia está el acceso a lo fue la casa principal. Por el arco de entrada se atravesaba primero un jardín, amplio espacio que debió ser un huerto cuidado con esmero. Los edificios, hoy abandonados, tienen por huéspedes a los árboles que han crecido desde las entrañas de las mudas paredes. Humedad por doquier, algunos pisos muestran tímidamente el adoquín de pasta bajo los escombros del techo que se derrumba poco a poco. Y más por allá, la sala de máquinas, aquellas que don Bartolo debía mantener funcionando con fuego, hoy permanecen silenciosas, inmóviles, incapaces de mover siquiera una banda transportadora.

La chimenea, como muchas que permanecen en pie, solo puede darnos una idea de su funcionamiento si por casualidad vemos pasar nubes que coincidan con la boca alta de la salida de vapores y hollín. Hoy solo son hogar de aves que anidan en lo alto y sobresalen sobre el follaje de los centenarios árboles de la comunidad.

En la ruta a los cenotes de Cuzamá, Eknakán es el primer poblado en pasar siguiendo la ruta Mérida – Acanceh – Cuzamá. La diversión apenas comienza aquí. Quienes van directo a Cuzamá van por muy buenas razones.

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